sábado, 1 de septiembre de 2018

Los hermanos de Almócita

"Acequias del alma"

A principios de 2018, la Asociación Letras de Esparto, a la que me siento enormemente orgulloso de pertenecer, sacó su ya tercera antología de relatos: "Acequias del Alma", un libro cargado de historias que hablaban de mucho más de lo que sus letras decían; un libro que fue donado a la Asociación Trotamundos animado. Mi humilde colaboración fue con este pequeño romance como los que se hacían antaño para contar una historia. Lo comparto con vosotros y espero que os guste, y también os animo a descubrir el resto de historias que encierra este libro... Solo tenéis que poneros en contacto con cualquiera de las 2 asociaciones.

"Los hermanos de Almócita"

Allá en tierras de Almería
región bien nombrada en España
hay un bello pueblo rural
de gentes y hermosas tierras;
que lleva por nombre Almócita,
y de mucha importancia es.
En el susodicho pueblo
ocurrido ha un increíble suceso
que extraño y sin explicación se haya,
y como más adelante
se dará por detallado la cosa,
sin equivocarse en nada.
En la Almócita vivía
una bella y joven dama,
Carmen de la Solana,
quien por nombre se llamaba,
hija de padres ricos
que a ella todo daban.
Pretendientes no faltaban
que a Carmen rondaban,
pero destacaban entre todos
dos jóvenes hermanos,
que apenas un año se distanciaban.
A los nombres de Curro y Blas
los muchachos respondían,
de familia pobre provenían
que al campo se dedicaban
y sacaban para vivir
lo que el jornal les daba.
Duchos eran ambos
con las escopetas de caza,
y puntería certera demostraban
cuando a empuñar la Astra¹ se trataba;
tanto era así
que numerosos premios de tiro
entre los dos sumaban.
Cada tarde se encontraban
los tres en el camino a casa,
en la Fuente de los Tres Caños,
los hermanos y la dama se cruzaban.
Carmen del agua fresca bebía
mientras los muchachos saludaban
y sus mejores sonrisas lucían.
Poco a poco, día a día,
Curro y Blas más se enfrentaban
por saber quién de los dos
el amor de la dama conquistara;
mas nunca quedaba a la clara
porque unos días la joven Carmen
al apuesto Blas sonreía,
mientras otros su sonrisa
al guapo Curro a parar iba.
La rivalidad de los muchachos
en gran aumento iba
hasta llegado el día en que
ni a Carmen al pasar mirarían;
solo se cruzaban sus ojos
para demostrarse el uno al otro
el odio que ya se tenían.
Quiso el destino aciago
que una guerra fraterna comenzara
y llamando a filas a todos
viéronse los hermanos
que a otra mañana partían
a matar o morir en el frente se iban.
Al pasar por la fuente
con Carmen se encontraron
y deteniendo su paso
a la muchacha preguntaron:
—A la guerra mañana partimos,
y respuesta a una pregunta queremos,
dijo Blas mirando a la joven.
—Decidme la pregunta, pues,
y si ha bien que la respuesta conozco,
con gusto os la responderé,
contestó sonriente la dama.
—Aquí los dos presentes
en amor por vos se debaten,
mas queremos saber
a quién de los dos preferís.
—Difícil respuesta tiene
la pregunta que me hacéis,
puesto que a ambos repartiría
si pudiera mi corazón,
pero como ello no puede ser,
que sea esta injusta guerra
la que decida por mí,
que mi corazón sea
para el que de los dos
regrese con vida del frente.
Insatisfechos con la respuesta
se marcharon los hermanos,
y no contentos con ella, decidieron
aquella misma noche solucionarlo.
En la oscura madrugada marcharon
alumbrados por un triste farol
hacia la cercana cañada,
a la Era de los Majuelos,
para allí decidir antes de marchar
quién de los dos de volver no había.
Con sus armas preparadas
frente a frente se situaban
a no más de cinco o seis metros
con la vista se retaban.
De aquel duelo de madrugada
uno de los dos bien no escapaba.
El sonar de las campanas
atentos esperaban
para sacar sus pistolas
y que el más rápido atinara.
Sonó a hueco la campana
y los hermanos desenfundaban
apretando los gatillos con fuerza
al otro apuntaban,
mas nada ocurría,
ni las balas siquiera salían
de ninguna de las pistolas,
encasquilladas a la vez se hallaban.
—Casualidad maldita haya
que a la primera matarte no pueda,
decía Curro con rabia.
—Maldita la suerte mía,
en el suelo ya yacieras,
contestaba Blas con ira.
Revisadas las armas, y
amartilladas de nuevo,
los dos hermanos esperaron
a que el siguiente cuarto
con la campana repicara.
Volvió a sonar con fuerza
y la acción de antes se repitiera,
los dos hermanos enfurecidos
apretando el gatillo
sin que nada ocurriera.
Repitiéronlo varias veces más
hasta que el sol comenzara
a asomar el nuevo día.
—A bien que Dios no quiere
que tenga lugar este duelo,
gritó Blas al cielo
mientras su arma enfundaba.
—O quiere que sea la guerra
la que decida por nosotros,
Curro le replicaba.
Juntos volvieron los jóvenes
y en casa los esperaban
sus progenitores
hechos un mar de lágrimas
por ver sus hijos partir al alba.
—No os preocupéis, madre
que pronto la vuelta se haya
y en cuanto así sea,
uno de los dos
desposar a la Carmen haga,
decía Blas a su mama.
—Difícil lo veo, hijos míos
les respondía seria su madre,
los padres de la muchacha,
la que dicen Carmen de la Solana,
anunciando van por el pueblo
que su hija pronto casa
con el señorito rico
que de la ciudad frecuenta
el pueblo en fines de semana.
Curro y Blas la mirada se echan,
riendo a carcajadas acaban,
abrazándose como hermanos,
y rezando a Dios por su salva.
Y ahora yo aconsejo
como escritor de esta plana
de hacer una advertencia
y conviene respetarla.
El amor por una dama
cosa es de importancia,
pero poniendo en comparación
con la sangre de un hermano,
esta no vale nada.

                                                             Fran Cazorla.


miércoles, 15 de agosto de 2018

Narel


A mediados de 2017, la Asociación Letras de Esparto, a la que me siento enormemente orgulloso de pertenecer, sacó su segunda antología de relatos: "El mar, la mar", un libro cargado de historias que hablaban de mucho más de lo que sus letras decían; un libro que fue donado a la Asociación Promar. Mi humilde colaboración fue con este pequeño relato mágico: "Narel". Lo comparto con vosotros y espero que os guste, y también os animo a descubrir el resto de historias que encierra este libro... Solo tenéis que poneros en contacto con cualquiera de las 2 asociaciones.

Narel


Narel ya estaba despierta antes incluso de que su padre se marchase en la noche a faenar. Se hizo la dormida pero escuchó cómo el viejo pescador se levantaba ya con esfuerzo, se lavaba la cara en la pequeña palangana de la esquina del baño, se vestía y cogía algunas cosas de allí y de allá, y salía por la puerta. Los pasos se fueron alejando a medida que ella abría los ojos de forma lenta. Se quedó unos minutos más en la cama, pero decidió levantarse para que le diera tiempo a hacer todas las tareas antes de que cayera la tarde.
Ayudó a su padre cuando volvió con la pesca del día, hasta que de nuevo se marchó para vender lo poco que había traído ese día. Narel lo notaba, cada vez le costaba más salir a faenar con el viejo barco y cada vez volvía con menos peces en los cestos.
—Padre, creo que debería jubilarse ya-le dijo en una ocasión-. No necesitamos mucho para vivir, y con su paga, por pequeña que sea, tendríamos suficiente; o incluso yo podría ponerme a trabajar.
—Ya tendrás tiempo de trabajar, cariño-le respondió su padre con tono tierno-. Y no creo que la paga que me quede alcance para los dos... pero no es esa la razón, hija.
—¿Y cuál es la razón, padre?
—No te preocupes, Narel, aún me quedan muchas redes que llenar-siempre zanjaba la conversación con esa respuesta.
* *
La tarde comenzó a caer sobre el pueblo, acompañada al ritmo de descenso del sol. Su padre había vuelto hacía no mucho, y como siempre, echó a andar en la dirección acostum-brada. Narel lo siguió a una distancia prudencial, cuidándose de agazaparse entre las pencas, las pitas o cualquier roca en el camino, hasta que creyó adivinar a dónde se dirigía: iba hacia el faro; o al menos todo indicaba a ello, pero su padre hizo un giro inesperado y bajó por la pendiente que llevaba a la cala. No había duda, el lugar donde iba día tras día no era otro sino el arrecife de las sirenas.
Narel se quedó arriba, agachada junto al borde, para ver qué hacía su padre allí abajo. Le aterraba sentirse tan cerca del mar. Lo vio acercarse a la orilla, quitarse sus viejas sandalias y avanzar unos pasos en dirección al mar, justo hasta que el agua le llegó a los tobillos. Allí se quedó inmóvil, mirando al frente, a las puntiagudas rocas que sobresalían del agua, y si no hubiera sido por la confusión que le causaba el rumor del oleaje, Narel habría jurado que escuchó llorar a su padre.
Unos tres o cuatro minutos transcurrieron, su padre permaneció quieto con sus pies dentro del mar, hasta que movió uno de sus brazos para llevar la mano hasta el pequeño bolsillo del pantalón, y sacó algo. Los últimos rayos del sol hicieron brillar aquel objeto que su padre lanzó hacia el mar con todas sus fuerzas. Tras unos segundos, se giró y sacó de nuevo sus pies a la arena. Narel se dio cuenta de que todo había terminado y salió veloz para volver a casa antes que su padre.
No sabía por qué, pero Narel decidió no preguntarle nada a su padre, optó por esperar a que fuese él mismo el que le contara porqué cada día hacía eso. Desde que ella tenía uso de memoria, no recordaba ni un solo día en que su padre no hubiera dado su paseo, pero cada día lo veía hacerse más mayor y el cansancio se hacía notar en él; sabía que pronto llegaría el mo-mento en que no podría bajar al arrecife.
* *
El padre de Narel murió una fría noche de febrero y fue enterrado al mediodía siguiente en el cementerio del pueblo, junto a su esposa, tal y como había expresado en sus últimas voluntades. Narel se quedó sola en el mundo, la tristeza y el miedo se colaron en su corazón adueñándose de su alma. En su interior algo le decía que al atardecer, tal como hizo su padre durante toda su vida, debía ir al arrecife de las sirenas.
Atardecía, el sol comenzaba a morir por el horizonte y Narel se acercaba a su destino. Sentía mucho miedo aunque no sabía la razón, pero una fuerza misteriosa la empujaba a continuar paso tras paso. Cuando llegó al faro se encontró con un grupo de jóvenes. Debía ser una excursión de algún instituto, todos se agolpaban alrededor de una profesora que los apremiaba a prestar atención a la historia que les iba a contar. Narel aminoró el paso para poder oír mientras andaba hacia el arrecife:
—Mis padres se criaron por esta zona, ¿sabéis?—la maestra comenzó la narración—. Cuando era muy pequeña, antes de irnos a la ciudad, me contaron una leyenda sobre este lugar. Dicen que un buen día llegó un hombre junto a su joven mujer a buscar la soledad y la paz de estos lares. Que llegó a tener una gran fortuna gracias a sus negocios, y que era capitán de barco... pero no de un barco normal, sino de un gran petrolero. La vida quiso que su barco naufragara y causó tanto daño al mar que recibió un doble castigo: La justicia humana le quitó todo lo que tenía, y el mar lo maldijo con no poder tener jamás descendencia.
Pasaron los años y por más que lo intentaban, no podían concebir un hijo, y tan doloroso era para su esposa, que ésta comenzó a enfermar y parecía que moriría de tristeza.
Un buen día, el capitán bajó hasta el arrecife de las sirenas, ese que veis ahí, y le imploró al mar que retirase la maldición, aunque no fuese por él, sino por su esposa. El mar accedió a la petición, pero con ciertas condiciones: Tendrían una hija, pero él debía llevar a aquel lugar cada día de su vida, una moneda, y el día que no la llevase, su hija tendría que regresar al mar.
Pese a lo injusto que le pareció, aceptó con tal de ver feliz a su mujer, y desde el instante en que supieron de su embarazo, transcurrieron los días más felices de sus vidas, hasta que la desgracia quiso que en el parto muriese la reciente mamá. Y así fueron pasando los días, con el viejo capitán llevando una moneda diaria a la cala, y el viejo mar esperando el día en que no lo hiciera... Y esta es la historia, chicos.
Narel escuchó perpleja aquella historia. ¿Sería cierto? ¿Por qué se sentía tan identificada con esa chica? ¿Era una moneda lo que su padre llevó día tras día durante toda su vida? Narel seguía avanzando hacia el acantilado, absorta en las palabras que salían de la profesora.
—Seño. Seño, ¿cómo se llamaba la hija?—preguntó curiosa una alumna.
Pues si la memoria no me falla...—la profesora observó a una joven casi al borde del abismo—. Creo que su nombre significaba mujer que viene del mar... Narel…
                                                                           Fran Cazorla